Por Víctor González.
Hola, amigos del misterio. Soy Víctor González y, en mi
primer trabajo con Multiverso Huelva, quiero dejar de lado por un rato las
nuevas grutas que han sido acordonadas por las autoridades. Hoy hablaremos de
algo que no solo me apasiona: me pone los pelos de punta. Hablo de los ovnis
—o, si lo prefieren, los osnis— que se han visto en la Flecha de Nueva
Umbría, frente al Rompido.
Casi cada verano llegan llamadas a la policía: luces que
emergen del mar, máquinas imposibles que surcan la noche como si el cielo fuera
su patio de recreo. Yo mismo fui testigo de algo así hace unos años, durante
unas vacaciones con mis padres en Islantilla. Nos alojamos en una casa a pie de
playa; la playa parecía normal, pero la noche no.
Eran luces que nacían del interior del Atlántico y subían de
dos en dos, como si alguien estuviera dibujando constelaciones nuevas con
movimientos mecánicos y precisos. Hice un vídeo con el móvil. Las luces
trazaban figuras en el cielo y, de repente —tras unos minutos— comenzaron a
apagarse una a una. Pensé que el espectáculo había terminado.
La mañana siguiente no trajo alivio. Lo que al principio
parecía gente disfrutando del sol se volvió una escena de pesadilla: familias
inmóviles, cuerpos clavados en posiciones cotidianas, como si una cámara
hubiera congelado el tiempo. Miraban al vacío con la expresión vacía de quien
ha visto algo que no entiende. No se movían. No reaccionaban. Era una estampa
tan perfecta que resultaba grotesca: estatuas humanas en una playa de verano.
No fue un caso aislado. He hablado con personas de otras
provincias y playas que describen escenas parecidas. ¿Coincidencia? ¿Fenómeno
atmosférico? ¿Una broma colectiva? Mi opinión es simple y directa: aquello no
era nuestro. No eran humanos.
Si aceptamos, aunque sea por un instante, que existe algo
fuera de nuestra comprensión, entonces debemos también aceptar que en las
noches claras y tranquilas ciertas presencias prueban los límites de lo
conocido. Y cuando una presencia pulsa con luz desde las profundidades del mar,
cuando deja tras de sí cuerpos congelados en la cotidianeidad, la pregunta deja
de ser si existen… y pasa a ser si querríamos ver lo que realmente hay.
No busco causar pánico, pero sí atención. Hay detalles que
deberían inquietarnos: la precisión en los movimientos de esas luces, la
selectividad de los silencios que dejan, la inexplicable inmovilidad de la
gente al día siguiente. ¿Qué se lleva una noche así? ¿Qué deja? ¿Por qué
algunos despiertan y otros no?
Si hay algo que aprendí aquella mañana en Islantilla es que
la normalidad puede romperse sin aviso. Y que, a veces, mirar al mar de
madrugada no es mirar al horizonte: es mirar a algo que nos mira primero.
Cerramos los ojos y esperamos que vuelva la calma. Pero a
veces la calma es solo la antesala. Y cuando vuelvan a brillar esas luces,
cuidado con lo que piensas mirar. Porque puede que te estén mirando desde antes
de que te des cuenta.
Comentarios
Publicar un comentario