Nosotros, orgullosos fabricantes de odio: el manual honesto del periodismo polarizador


Siéntense, respiren hondo y aplaudan: en plena era de la posverdad, algunos medios hemos decidido profesionalizar la división. No por maldad (bueno, un poco), sino por eficiencia editorial.

Pocas verdades incómodas caben hoy en un teletipo: el periodismo tiene poder. Y como todo poder, puede dedicarse a construir puentes —o a poner vallas y alambradas entre vecinos. En Multiverso Huelva creemos en la segunda opción. ¿Por qué? Porque funciona. Porque la indignación fideliza. Porque el clic caliente paga el café de la redacción.

Es momento de sincerarnos. Ya no basta con contar lo que ocurre: hay que preguntarse, con frialdad estratégica, cómo convertir cualquier suceso en una grieta social. Una rueda de prensa es una oportunidad; un rumor, un combustible; una estadística, un mástil para izar banderas. ¿La objetividad? Un bonito souvenir de otra época. ¿El equilibrio? Un remedio que aburre. Nosotros preferimos la dosis justa de picante para que vuelvan, compartan y discutan hasta el hartazgo.

Decirlo así, tan a las claras, puede sonar cruel. Pero también es terapéutico. La realidad es que la polarización vende. La indignación crea comunidad. La crispación genera comentarios. Y mientras tanto, el corazón del negocio late: tráfico, suscripciones y, en última instancia, supervivencia económica. ¿Es esto periodismo? Depende del prisma: si el objetivo es informar, no. Si el objetivo es ser el micrófono que amplifica la bronca cotidiana, entonces, con orgullo, firmamos.

Dicho lo cual, no todo está perdido. La única vacuna contra la manipulación es la transparencia. Si vamos a jugar a avivar debates, hagámoslo sabiendo que lo hacemos. Si vamos a editar titulares que arañan, reconozcámoslo. Y si el lector prefiere otra cosa —conversación constructiva, soluciones o verdades matizadas— que lo diga alto: hay hueco para quien quiera reconstruir puentes. Mientras tanto, seguiremos haciendo nuestro papel: el del espejo incómodo, el del ventilador de controversias… y, a ratos, el del bufón que nos recuerda que la realidad es más compleja que cualquier tuit en mayúsculas.

Porque al final, la ética periodística no es el silencio ni la neutralidad cobarde: es saber qué contamos, cómo lo contamos y por qué. Y sobre todo, reconocer las consecuencias de nuestras decisiones. Incluso cuando esas consecuencias hacen buen titular.

 

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